Kiboko y Ken

Esta historia normal, sencilla y cotidiana, demuestra cómo a veces, algunas decisiones tomadas por los motivos equivocados pueden llegar a los resultados correctos, sin que nadie más que la vida misma se encargue de jugar con ellas.

Kiboko era un perro. Y como en el mundo perruno no existe el racismo, puedo decir con tranquilidad que era un Labrador Retriever, amarillo o dorado según quien lo mire.
Llegó a este mundo para convertirse en un extra, un figurante, un ser que sólo debía cumplir en su vida una función y esta era la de completar una foto.

¿Cómo?

Pues debía completar una foto familiar, donde salían una pareja feliz, que tenía dos hijos felices y vivía feliz en una enorme casa en las afueras de una gran metrópoli. Y claro, en estos casos nada mejor para completar esa idílica fotografía que un perro feliz. Y Kiboko lo era.

El dilema es que las fotos son siempre estáticas, una sonrisa captada en una fracción de segundo puede durar décadas impresa en papel brillante; sin embargo, la vida no para de sacudirse. Entonces resulta que esa pareja no era tan feliz. Ni los niños, ni la casa tan perfecta, ni el idilio eterno. Entonces aquella familia se desarmó y Kiboko cambió su rol. Dejó de ser figurante y asumió un papel protagónico. Pequeño, pero protagónico.
Debía ayudar a los niños y su madre a no estar tan tristes, a no sentirse tan solos y a olvidarse de la fotografía rota.

Y en esto de entretener los labradores en general y Kiboko en particular son expertos. Se convirtió en el rey de la casa, el foco de atención y bufón incansable. Un gamberro que dormía donde quería, jugaba donde quería, comía lo que quería y cuánto quería.
Y quiero puntualizar esto de la comida, porque por si no lo sabéis, es prácticamente imposible satisfacer el estómago de un labrador. Tragan todo, comestible o no. Todo.

Pasaron algunos años, Kiboko creció sano y los niños también. Las heridas empezaron a cicatrizar, no a olvidarse.

Entonces fue cuando la familia volvió a ampliarse. Y esta vez hubo más suerte y de la dulce, porque quién llegó fue un hombre bueno, sano, amante de los niños y la familia. Soñador pero con los pies en la tierra.
Y se siguió ampliando porque al poco tiempo también llegó una preciosa niña para coronar la felicidad de todo el clan con su dulzura infinita. Los años grises habían terminado y brillaba un sol muy cálido.

Uno de los sueños de este hombre, también amante de de los animales y sobre todo de los perros, fue montar un pequeño criadero de su raza favorita, el Rottweiler, aprovechando parte del hermoso parque de más de mil metros cuadrados que aquella casa tenía.

Su ambición no era demasiado grande pero sí su anhelo de contribuir a difundir y si fuera posible mejorar dicha raza. Y al poco tiempo llegó Ken. Un increíblemente guapo Rott de poco más de dos meses. Una inquieta bola de pelo negra, llena de energía que volvió a inyectar una nueva dosis de felicidad en la familia.

Ken había llegado a este mundo y particularmente a este nuevo hogar para convertirse en la semilla de un proyecto positivo. Este era su papel, elegido por sus amos humanos.

Sin embargo, una vez más, la fortuna, el destino, Dios, el diablo, la naturaleza o quien sabe qué se volvió a interponer para torcer las cosas. Ken había sido elegido en un criadero de renombre, de buenos padres, con gran pedigrí, un coctel genético infalible… pero que falló.
Al cumplir medio año de vida comenzó con problemas digestivos, poca absorción de proteínas, retención de líquidos, falta de apetito y por consiguiente perdida de energía. Al llevarlo a especialistas veterinarios también se detectó una malformación congénita de la cadera, una leve imperfección en la mordida y una falla en los ojos que si bien no representaba problema para el animal era un “defecto” inadmisible para servir de semental.

El hombre primero se decepcionó al ver que su sueño no podría realizarse pero en todo aquel tiempo de visitas a médicos perrunos y pastillas e inyecciones, Ken siguió creciendo y enamorando a toda su familia humana con una ternura inmensa, una nobleza que sí era de pura raza.

El papel de Ken había cambiado. Ya no sería el patriarca de una estirpe de molosos sino que cuidaría celosamente de los miembros de su hogar. Recibiría cariño a montones y lo devolvería siempre multiplicado por siete.
Se convirtió en el guardián de la casa, el compañero de caminatas, el bufón de la niña y el inseparable compañero de juegos de Kiboko.

El hombre olvidó al criadero y haber sido estafado por un “amigo” criador quién jamás volvió a responder sus llamadas. Ahora todo era más perfecto que lo que había soñado. La foto ahora sí estaba completa.

Kiboko y Ken retozaban todo el día en un enorme parque que les pertenecía por completo. Se echaban con la panza hacia el cielo, sobre el verde césped recién cortado y entornaban los ojos con el sol de la tarde, agotados de correr y saltar.

Nunca supieron cuales fueron sus papeles en este mundo porque no estaban escritos. La familia sanó y quizás en eso ayudó mucho la Perricilina. Sin dudas… fue la Perricilina.


2 comentarios

  1. Sin duda alguna, la misión de Kiboko y Ken fue la de aportar más ternura a este mundo, además de ser grandes compañeros de los humanos que los rodearon.. Solo quién ha tenido la suerte de recibir perricilina alguna vez, sabe que ésta cura muchos males que parecen incurables.

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